Jack Farfán Cedrón: “Escribir es discernir qué queda y qué va al fuego”
Jack Farfán Cedrón nació en 1973 en Chulucanas, Piura, pero se considera también un escritor cajamarquino. Cuando estudiaba Ingeniería Forestal en la Universidad Nacional de Cajamarca, empezó a escribir poesía. Recuerda que para 1996, ya tenía varios cuadernos llenos y pocas dudas sobre su vocación de escritor.
Su manera de entender la escritura es visceral. Está convencido, tal como lo dijo Mario Vargas Llosa, de que “la literatura es, ante todo, fuego”. Y agrega que escribir es sobre todo discernir qué queda y qué va al fuego”. Recuerda sus primeras lecturas de Julio Ramón Ribeyro, Julio Cortázar y también las críticas de Amado Alonso, como ejes formativos de su vocación.
Sobre el lugar donde nacen sus historias, Jack responde que los encuentra donde otros no miran: en las noticias, en los periódicos, viajando en el micro. En suma, en cualquier lugar.
Jack habla con afecto de Cajamarca donde vive los últimos treinta años. “La gente se conoce más, es más amigable, menos fría”. Precisamente por ello, está interesado en el mundo editorial de la región. Sueña con abaratar los costos de los libros para llegar a más lectores. Asimismo, sube algunos de sus libros a Internet con la idea de llegar a más gente, en especial a escolares y jóvenes que todavía no han encontrado la literatura.
Su obra reúne catorce libros —la mayoría poemarios, además de un libro de biografías literarias, uno de reseñas y un ensayo—, publicados a lo largo de dos décadas: Pasajero irreal (2005), Cartas (2006), Gravitación del amor (2010), El Cristo enamorado (2011) y Las consecuencias del infierno (2013), su último poemario. Actualmente prepara Las moradas eternas (El Cabuyal Editores, 2024), una antología personal que publicará con la editorial que ha formado junto a sus hermanos, y también la segunda parte de El paraíso de la ficción, una compilación de reseñas literarias.

Publicaciones

Las consecuencias del infierno (2013)
Libro duro, acre, que golpea, que mella con yunque mordaz el filo burlón y desgraciado de los seres banales, sosos, cargados de una materialidad que encuentra solaz en esas pantallitas electrónicas de variopinta forma, modelo y tamaño, para estar junto a sus seres queridos, pero con un ojo pelado a lo que acontece, a años luz de distancia. Rebusca una vida que más, ya no le pertenece.
La jaula de las certezas
Los hombres quieren volar, pero temen al vacío. No pueden vivir sin certezas. Por eso cambian el vuelo por jaulas. Las jaulas son el lugar donde viven las certezas”.
Fiódor Dostoievski
Los hermanos Karamazov
En la ciudad de las certezas, puedes morir en el intento o caer de culo un millón de veces y no curtir; en el destello de arco iris de la seguridad, de la verdad absoluta.
Podrías envejecer bajo el sol nuevo de lo que nada ha sucedido; y continuar seguro, por un camino inundado de charcos, de certezas.
En la ciudad espinosa, sí; hurtándole verdad a una especie filosófica terminada, redonda, circular, como el camino por donde trota el perro certero, ese cuadrúpedo seguro de vagar hasta encontrar un buen hueso, el hueso de la paliza de honda sepultura.
Malditas jaulas de la certidumbre. Los seres humanos preferimos la certeza de vivir encerrados en jaulas, que dudar de la verdad mientras caemos o volamos.
¿Para qué volar?, si todo el aire sirve para respirar lo mismo: aire.
¿Para qué regalar algo, si los regalos nada retribuyen al buen samaritano?
¡Qué irónico!: “¡De nada sirve regalar!” De nada sirve, cada amanecer, tender la cama, si al final de la jornada hay que distenderla.
No respires, todo es cierto. No hagas regalos en Navidad, porque corres el riesgo de que nadie te dé nada. No escribas, porque nada es nuevo bajo el sol. No tozas, mil pestes en una sucesión de siglos sobrevendrán a la humanidad convencida de las benditas certezas.
¿Para qué dormir, si vas a despertar? Tarde, despegarás como un torpedo, tu lengua pastosa y reseca, yendo por agua en madrugada.
“¡A tomar por culo, gilipollas!”[1]; esto es el Trópico y aquí se vive y se traga de certezas; tan inmutables, como que un chivato montado en motocicleta se peina las orejas; o como que una vicuña, tranquilamente viaja en mototaxi, mientras dice: “porque es chévere”.
Tarde para responder o más o menos obtener respuestas. Tarde para dudar, para volar o para ser un puto agitador cultural, porque a nadie le importa. Sé cierto, sólo únete a los demás, para que estés del todo seguro.
Qué más da si te quedas como un invitado de piedra, sentado, bebiendo vino agrio, mientras los que saben que la fiesta acaba hacia la mitad, se desviven por bailar hasta saberse paracaidistas.
Ciudad de las certezas, encerrados en una jaula color arco iris, seguros de nosotros mismos, aguardando la primera cagada de paloma sobre el ventanuco del arca de la muerte: la jaula de las putas certezas.
[1] Henry Miller. Trópico de cáncer. Obelisk Press, 1934.
Jack Farfán Cedrón (Piura, Perú, 1973). Es poeta, ensayista y crítico literario. Ha publicado diversos libros de poesía y reflexión literaria, entre los que destacan Pasajero irreal (2005), Gravitación del amor (2010), Las consecuencias del infierno (2013), El mandhala de los signos (2023), El paraíso de la ficción (2023) y Las moradas eternas (2024); estos últimos bajo el sello de El Cabuyal Editores. La escritura y la pintura constituyen los ejes centrales de su vocación artística. Parte de su producción ensayística y poética ha aparecido en revistas culturales como Letralia, Fórnix, Revista de Libros, La Ninfa Eco, Ouroboros y El Águila de Zaratustra. En 2024, la Municipalidad Provincial de Contumazá de Cajamarca le otorgó el “Premio Mario Florián” y lo distinguió como “Hijo Predilecto”, en reconocimiento a su labor intelectual y literaria.